INTRODUCCIÓN

Esta sección del Blog del Ateneo Libertario "La Revuelta" tiene como finalidad recopilar y redactar textos que hayan contribuido y contribuyan a una definición del Anarquismo ajustada a la realidad.
Para llevar a cabo este proyecto, es necesario el debate, para ello introducimos una sección al respecto en el Taller de lectura "Acracia".
El motivo de hacer esto es luchar contra el descrédito que tiene el Anarquismo debido a la mala prensa que se le da, de forma interesada desde los medios de comunicación, y desde otros sectores. Ya estamos hart@s, no de que se critique o se argumente en contra del anarquismo, (no podemos estar hart@s de eso pues, el hecho de que se rebatan las ideas es bueno para el progreso de dichas ideas), estamos hart@s de que se critique al Anarquismo desde posturas totalmente irreflexivas, y de que la opinión de las personas acerca del anarquismo se base en lo que oyen en los medios y en cuatro "dogmas" o prejuicios que estos han introducido, deliberadamente o no, en la mente de la gente, a saber: "utopía inalcanzable" "violento" "desorganizado" "desordenado" "caótico" "propio de la rebeldía juvenil" y otros muchos más...

"Ateneo Libertario "La Revuelta""

ÍNDICE

-¿Anarquistas? (una definición de la FAI)

-Ricardo Mella (una definición)

-Del prologo de la obra de Benjamin Cano Ruiz, ¿Qué es el anarquismo?

-El Anarquismo de P. Kropotkin (definición para la enciclopedia británica)

-Una opinión al respecto de Georges Fontenis.


------------------------------------------------------------------

¿Anarquistas? (una definición del Anarquismo desde la FAI -Federación Anarquista Ibérica-)

¿ANARQUISTAS?

Tres son las opiniones más comunes sobre los anarquistas: la primera es que son locos peligrosos, terroristas y propiciadores del caos. La segunda dice que los anarquistas son soñadores, poetas, ilusos que fantasean sobre una imposible sociedad ideal. La tercera define al anarquismo como una enfermedad juvenil. En realidad ¿quiénes son verdaderamente los anarquistas? ¿Qué es la anarquía?

Históricamente, los anarquistas son el ala extrema del movimiento socialista; de hecho son también llamados socialistas antiautoritarios o comunistas libertarios. Si hoy muchos de ellos prefieren definirse simplemente anarquistas es para que no se les confunda con los denominados socialistas o comunistas que tienen como objetivo principal la “conquista del poder” y cuyo desastroso fin está a la vista de todos, basta con mirar el fracaso del comunismo de Estado o la corrupción de los partidos socialistas.

Por otra parte, los anarquistas son obreros, campesinos, artesanos, estudiantes, empleados, es decir, trabajadores del brazo y del cerebro que luchan en todo el mundo por una sociedad más justa y más humana: una sociedad sin explotadores ni explotados.
Los anarquistas no consideran legítimo obligar a un individuo a actuar contra sus creencias; tanto si la obligación viene impuesta por el Estado como si viene por la religión, la ley, la mayoría democrática o individuos, no hay diferencia. Ser anarquista quiere decir luchar, atacar cualquier tipo de autoridad y de poder. Quiere decir propugnar la autoorganización, el rechazo a delegar, la acción directa de todos los explotados para mejorar su condición actual con la perspectiva de la emancipación completa de la explotación y el autoritarismo.

La sociedad actual se basa en un sistema organizativo en el que siempre un grupo restringido de personas toma las decisiones, ejerce el control y dirige las voluntades de los demás. La gran mayoría de la gente debe aceptar, someterse, conformarse. Todo esto es denominado orden, cuando en realidad no es otra cosa que dictadura y desorden.

A la organización estatal de la sociedad actual, jerárquica y centralista, los anarquistas oponen una organización de la vida basada en asociaciones libres y federaciones de productores y consumidores, hechas y modificadas según la voluntad de sus componentes. En lugar del centralismo, la federación, entendida en su verdadero sentido de descentralización, autonomía y apoyo mutuo; en lugar del capitalismo que explota y comercializa al individuo, la autogestión, el comunismo libertario, antiestatal, libre disfrute de todas las riquezas existentes por parte de todos los individuos según el principio: a cada uno según sus necesidades, de cada uno según sus posibilidades.

Ni puede haber libertad sin igualdad ni igualdad sin libertad. Sólo hay opresión en una sociedad en la que el capital está monopolizado por una minoría y en la que nada se reparte con justicia. Los gobiernos garantizan a los patronos el control sobre la sociedad y los privilegios, excluyendo a los trabajadores y a todos los explotados.

El principio de autoridad hace que millones de seres humanos pasen la vida trabajando para otros, esclavos de las leyes de mercado, sólo para sobrevivir, y que otros tantos mueran de hambre o por los efectos de la guerra.
Son los gobiernos quienes preparan las guerras, pero son los ciudadanos de a pie quienes sufren sus devastadoras consecuencias. El anarquismo, rechazando las fronteras, es antirracista e internacionalista.

El anarquismo es la afirmación de la dignidad y de la responsabilidad de los explotados, de la igualdad de derechos entre hombre y mujer, de la autodeterminación social e individual.
La sociedad futura preconizada por los anarquistas, fruto de la ruptura revolucionaria con el viejo mundo, es el autogobierno de todos los individuos libremente asociados, una sociedad sin siervos ni amos.

Esto es la anarquía y no otra cosa: un orden social libre en el que la igualdad y la fraternidad no sean palabras vacías.


Texto tomado de la página web de la FAI
http://www.nodo50.org/fai-ifa/

Ricardo Mella (una definición)

El Socialismo Anarquista.

PROLEGOMENOS.

Dícese por aquellos adversarios del anarquismo, más abiertos a las ideas radicales que, esa doctrina es hasta ahora “un conjunto de hermosos jirones sin trabazón sistemática” y se pide de continuo el plan completo de reorganización social según las ideas del socialismo anarquista. Exígese, como a las demás ideas políticas, el diseño minucioso del porvenir, sin que falte el menor detalle, obedeciendo sin duda al hábito de dictar leyes y fórmulas al mañana y olvidados seguramente de que la sociedad no es un edificio que se construye según la voluntad y la ciencia de un arquitecto único.

Aquellos partidos que afirman la necesidad de un órgano directivo y que aspiran a conquistarlo para realizar su plan particular que reorganización pública, vienen obligados a formular ante las gentes sus propósitos para el porvenir, porque solicitan de la sociedad delegaciones de poder que teóricamente no se confieren sin el previo conocimiento del uso que trate de hacer del poder. En principio la sociedad deposita su confianza en aquellos que mejor aciertan a traducir sus deseos. Prescindamos de la realidad, bien contraria a la teoría. Pero ¿cómo exigir de quien no solicita ni quiere el Poder, de quien niega la necesidad de órgano alguno de elección social y proclama la capacidad del pueblo para proceder por su cuenta sin ningún género de tutela, cómo exigirle que prescriba a los hombres del día siguiente la forma concreta en que han de traducir su capacidad para convivir libremente?.

Tal pretensión arguye desconocimiento de la doctrina. La idea anarquista es negación terminante de toda sistematización dogmática. Presupone la libertad sin reglas, la espontaneidad sin trabas. No es simple negación política, sino filosofía completa que explica los hechos y sus causas, que estudia los fenómenos y las ideas sin salirse de la relatividad de todas las cosas, que resume, en fin, la experiencia y la ciencia. - en realidad son una misma - en un conjunto armónico de adquisición ideal y práctica al mismo tiempo. Su método de investigación positiva es la antítesis del doctrinarismo religioso, político y filosófico.

Niégase filosofía al anarquismo porque su método no se funda en prejuicios ni admite nada a priori, porque aun del positivismo científico no retiene sino lo que la demostración ha establecido incontestablemente y rechaza todo lo que contiene de sistematización doctrinal, no queriendo hacerse solidario de introducciones que el tiempo y la experiencia pueden destruir. Pero ¿carece en realidad de método filosófico, que es todo lo que la ciencia puede exigir?. Todos los sistemas y escuelas doctrinarias descansan o en un principio establecido a priori - metafísica - al que sujetan todas las deducciones y con el que construyen el edificio de su ciencia arbitraria, o bien derivan de la experiencia a posteriori - método filosófico propiamente dicho -, un principio general con el que se construye la armazón sistemática de determinadas doctrinas y a cuyo ritmo se sujeta la investigación, dando de bruces en el dogmatismo. En los dos casos se pone diques a la dirección del pensamiento, encarrilándolo hacia fines predeterminados en el supuesto de que estos fines contengan necesariamente la verdad que se busca. La propia ciencia cuando no halla explicación a los fenómenos o se muestra fácil a las generalizaciones por el procedimiento arbitrario de las analogías, ensaya a priori teorías Que se truecan prontamente en dogma y el dogma en error que obra en el tiempo como elemento negativo de acción y para- liza o dificulta la explicación verdadera de los hechos.

Y ha sido y es tan fuerte la educación filosófico-dogmática de los hombres, que éstos propenden siempre a la unificación caprichosa de los hechos y de las ideas; y así no hay rama de los humanos conocimientos que no contenga multitud de divisiones y subdivisiones, de sistemas, de escuelas y de doctrinas contradictorias. Las ciencias naturales no se han purgado todavía de esta tendencia totalmente, pues que explican muchos fenómenos de muy distinto modo, no ya en, épocas diferentes, sino en un mismo tiempo. No es necesario citar autores y teorías. Una mediana cultura da pleno conocimiento de las divisiones doctrinales, filosóficas y científicas.

El socialismo anarquista sigue, como ya hemos dicho, su propio método, opuesto a todo dogmatismo, y no establece a priori principio alguno: no generaliza los comprobados a posteriori sino hasta donde lo permite la ciencia adquirida, y no se presta a la sistematización cerrada de los conocimientos, negándose a toda aventura filosófica porque entiende que la ciencia es un cuerpo de conocimientos en continua formación cuyo ciclo no se cerrará jamás. Por eso, en la contienda de espiritualistas y materialistas, por ejemplo, rechaza justamente ambos dogmas. Hay en la investigación de los fenómenos un punto donde toda doctrina flaquea: es aquel punto en que los linderos de lo absoluto se presentan cortando el paso a nuestra limitada Inteligencia. Cuando el materialismo, saliéndose de la ciencia, intenta franquearlos, toca a lo arbitrario, y en este momento preciso es cuando la filosofía anarquista se diferencia fuertemente de la dogmática. Quédase con el inmenso arsenal de los conocimientos científicos que forman el bagaje del materialismo y se aleja de cualquier intento de explicación metafísica que trate de cortar el nudo más bien que deshacerlo. No se satisface con los fáciles decretos de la pseudociencia.

Del mismo modo no se suma el anarquismo a ninguna otra escuela ni deja que se le encasille en el sensualismo, en el positivismo, en el idealismo, etcétera, en cuanto significan doctrina cerrada, método de exclusión. No desconoce el importante papel que en la vida representan los sentidos ni olvida que la idea, a su vez, es esencial al desenvolvimiento del individuo y de la humanidad: reconoce que todos los fenómenos se verifican siguiendo direcciones precisas y en condiciones determinadas; que la naturaleza no pertenece al capricho ni a lo arbitrario; afirma como objeto de la vida el placer y la comodidad para el cuerpo, para la sensibilidad y para la inteligencia; posee por la ciencia la certeza de que el Universo, desde el más microscópico de los seres hasta las inmensas moles que innúmeras recorren el espacio, es una cadena estrechamente tramada de causas y efectos en perpetua y múltiple conexión: pero aborrece el exclusivismo enfático peculiar al dogmatismo de estas escuelas y no quiere con ellas resolver de plano, bajo un punto de vista particular, el problema de un más allá tanto más lejano para el hombre cuanto más se le aproxima en sus adelantos y en sus conquistas.

Por esto no entran en su filosofía las fáciles generalizaciones de tales escuelas: no entra la sistematización de elementos del conocimiento cuya trabazón es puro artificio cerebral y no entra la caprichosa unificación del Universo en un solo fin y en un solo propósito, porque en este punto otra vez la metafísica trata de salvar los abismos que separan lo cognoscible de lo incognoscible, lo puramente relativo de lo absoluto. Para la filosofía anarquista no hay una verdad inmutable, una justicia inmutable, una ciencia absoluta, sino verdades que varían en el tiempo y en el espacio, concepciones relativas de la justicia y parciales realizaciones de la ciencia. Si tal verdad o justicia o ciencia absoluta existieran, careciendo los hombres de medios para descubrirlas y verificarlas, su existencia sería nula y de ningún efecto para la humanidad. Que el hombre se forje estas concepciones absolutas, que conciba, sin determinarla ni definirla, la idealidad de lo perfecto, no autoriza la afirmación de su existencia como hecho real tras el que debamos correr inútilmente sin tregua ni descanso.

El positivismo moderno es buen ejemplo de cómo se cae en el dogmatismo, aun cuando se trate de sistematizaciones científicas. Háse verificado que el desenvolvimiento biológico sigue ciertos particulares modos de evolución. Y apenas verificada esta conquista de la ciencia se ha intentado a porfía generalizar la evolución lanzándose algunos a construir por analogía la evolución de la sociedad, la evolución de las instituciones, la evolución de las costumbres, conforme a puntos de vista particulares y sin cuidarse de otra cosa que de acomodar los hechos a las teorías en lugar de acomodar éstas a aquéllos. A la hora presente la teoría evolucionista es el dogma filosófico y científico que se impone en los dominios del saber, de tal modo que, por una reversión muy explicable en los dominios de la metafísica, ha venido el positivismo a reconstruir, bajo nuevas formas, la antigua teología y estamos en riesgo evidente de una moderna escolástica. Las viejas cuestiones de lo relativo y lo absoluto, de Dios y el mundo, de la materia y el espíritu, del libre albedrío, etc., renaciendo con nuevos bríos han permitido que la fatuidad reaccionaria haya cantado la bancarrota de la ciencia. Por la educación recibida, el pensamiento no se satisface con ideas definitivas, con estados definitivos trasunto de sistemas cerrados que la humanidad no suministra y es simple producto de la abstracción cerebral, fácil al dogma de los saltos mentales. Y no se satisface el pensamiento, porque, no habiendo sido educado para confesar su Impotencia no obstante su ilimitación imaginativa, salva arrogante los más formidables obstáculos a trueque de decretar, ufano, la consumación de todas las cosas en la concepción única, inmutable y eterna de su fantasía privilegiada. Mas, ¿son científicamente racionales las ideas y los estados definitivos? ¿No es contradictorio con el estado de perpetuo movimiento de la energía universal ese otro pretendido estado definitivo de las ideas, ese prurito de las sistematizaciones en que arbitrariamente se encierran toda la vida y todas las manifestaciones de la vida? El anarquismo se da buena cuenta de esa contradicción y por ello no sistematiza, no tiene dogma y carece ciertamente de metafísica, no de filosofía. Su filosofía arranca de este principio por doquier demostrado: la ciencia es un cuerpo de conocimientos en perpetua formación. Nada hay en ella definitivo, de un modo absoluto; nada que a manera de enciclopedia comprenda al Universo entero y sus fenómenos. Es «un conjunto de hermosos jirones» agrupados parcialmente según relaciones bien establecidas, pero sin trabazón sistemática que abarque todo el conjunto de los hechos y de las ideas. Y esta filosofía tan pertinazmente negada al anarquismo, que no es una idea definitiva, sino la iniciación definitiva del libre desenvolvimiento de las ideas y de las caras, esta filosofía es lo único positivo que puede entresacarse de la inmensa labor científica de los hombres. De todos sus libros, de todas sus contiendas, de todos sus sistemas, de todos sus particularismos de escuela, de todas sus diferencias doctrinales brota con singular persistencia la característica común atribuida por nosotros a todas las investigaciones: la relatividad de los conocimientos que en hermosos jirones prueban lo absurdo de cualquier sistematización definitiva.

El anarquismo, que recoge esta resultante común y labora por ensanchar el campo de los conocimientos, se coloca en el firme terreno del método puramente científico. La experiencia ha probado que cuando se traspasan los linderos de esta resultante común, se cae necesariamente en la metafísica de lo absoluto y entonces la investigación marcha sin rumbo por los libres espacios de la imaginación.

Confesamos preferentemente nuestra impotencia intelectual para traspasar aquellos límites y no decretaremos, neciamente, que las cosas sucederán con arreglo a nuestra fantasía, vagando por los laberintos de lo desconocido.

No ofrecemos esquemas del porvenir porque no propagamos ideas predeterminadas. Nuestros ideales son la resultante experimental de cada momento, en vista de los hechos pasados y presentes que afirman la eliminación del mal conocido para el porvenir.

¿Cierra esta filosofía el paso al desenvolvimiento de nuestras facultades y se niega a la afirmación de mejores métodos de convivencia humana?

No es necesaria al desenvolvimiento de las facultades del hombre la metafísica. Es, por el contrario, fuerte obstáculo. Cuando el cerebro se llena de las vaguedades de lo desconocido, pierde la verdadera noción de la realidad. Las quintaesencias de lo absoluto son la antesala de la demencia. Los individuos de constitución excepcional que resisten la tendencia patológica de ciertas investigaciones, hacen muy grandes obras de gimnasia intelectual, pero nada de provecho, nada efectivo y útil para sí y para sus semejantes. De los prolijos estudios de la metafísica y de la teología, no se han podido deducir jamás resultados universales y mucho menos prácticas, las conclusiones de la ciencia actual son contrarias a la pretendida utilidad de tales estudios.

Para el desenvolvimiento de nuestras facultades, especialmente las intelectuales, requiérese estudio serio y continuo de la naturaleza, análisis minucioso de los hechos y de las cosas. En lugar de correr tras las fantasías del número, tras la ilusoria penetración de la íntima naturaleza de los seres vivientes, es necesario educar el cerebro en la Inquisición de los fenómenos, en el examen de todas las manifestaciones reales de la vida comenzando por los más pequeños e insignificantes sucesos para concluir por las amplísimas series de causas y efectos que explican el general funcionamiento del Universo. Las ciencias naturales hacen grandes progresos por medio de este método. La economía, la sociología, la filosofía propiamente dicha, avanzarán resueltamente el día en que a este método se plieguen, purgándose de toda tendencia trascendente.

A este fin propende con fuerza el socialismo anarquista i, por ello, afirma en primer término la necesidad de que todos los hombres puedan desenvolverse ampliamente, estudiando a este objeto nuevos métodos de convivencia social. Sus principios fundamentales son, en resumen, los siguientes:

1-Todos los hombres tienen necesidad de desarrollo físico y mental en grado y forma indeterminada.

2-Todos los hombres tienen el derecho de satisfacer libremente esta necesidad de desarrollo.

3- Todos los hombres pueden satisfacerla por medio de la cooperación o comunidad voluntaria.

Razonemos brevemente:

Cada individuo nace con determinadas condiciones de desarrollo, sean o no susceptibles de determinación. Por el hecho de nacer, y de nacer con aquellas condiciones, tiene necesidad, o en términos políticos, tiene el derecho de desenvolverse libremente. Cualesquiera que sean las condiciones en que se coloque, su organismo entero propenderá a expansionarse en todas direcciones. Querrá conocer, saber, ejercitarse, gozar; querrá sentir, pensar y obrar con entera libertad. La necesidad de todas estas cosas es su propio ser. Si se limitara su crecimiento físico por medios cualesquiera, todo el mundo calificaría este hecho de verdadera monstruosidad.

Si se limita su desenvolvimiento sensitivo, Intelectual o moral deberá en buena lógica decirse otro tanto. No ocurre así en nuestros días. Mas, no obstante, el principio es evidente, pues de cualquier manera que se constriña la expansividad del organismo humano, monstruosidad se comete. El hombre, todos los hombres, tienen necesidad por naturaleza, de desarrollo físico y mental, tienen socialmente derecho a este desarrollo. ¿Cómo traducir a la práctica este principio? La tradición nos ha legado sus reglamentos, impuestos primero por la voluntad del príncipe, remachados después por el derecho divino de los parlamentos mediante el escamoteo de la soberanía individual.

Algunos hombres han querido y quieren todavía que cada uno se mueva al compás impuesto, piense con arreglo al metro de arbitrarias legislaciones, sienta al diapasón de la música gubernativa y obre con arreglo al patrón único de la sapiencia oficial. De hecho, lo que querían y quieren es que la multitud no sienta, ni piense, ni obre nunca por su propia cuenta y por su propia voluntad. La teoría se ha inventado para los inferiores, para los que nacen y viven y mueren en la dependencia de la astucia política y de la expoliación económica. Nadie ha probado la necesidad ni la justicia de esta subordinación de la naturaleza a los caprichosos reglamentos de algunos hombres, ni más ni menos hombres que el resto de los humanos. Tanto valdría probar la necesidad de que los astros se movieran a nuestro antojo o de que la sangre circulase por las arterias según un plan particular nuestro. Todo el Universo se desenvuelve conforme a condiciones particulares suyas en conexión con otras condiciones de ambiente y relación. El hombre no es más ni menos que un elemento del Universo con sus condiciones de relación ambiente. Estas condiciones, son objeto de estudio para la ciencia; sería un absurdo, aún no conocidas, codificarlas; demencia, codificarlas sin conocerlas.

Toda contradicción a las llamadas leyes de la naturaleza lleva consigo el correctivo adecuado. Quien abusa de su fuerza física, quien se excede en el gasto de sus energías, halla el correctivo en el aniquilamiento de su organismo, en la anemia y en la tisis. Quien no administra bien su fuerza cerebral paga con la impotencia el derroche de su fuerza. Superfluos son todos los reglamentos que sancionan estos principios dañosos todas las leyes de los hombres que a ellos no se conforman.

Dentro, pues, de las autónomas condiciones de cada existencia Individual, el hombre, todos los hombres son libres de satisfacer sus necesidades de desenvolvimiento. ¿Supone esta afirmación que el hombre puede por sí mismo subvenir a todas aquellas necesidades?

De ningún modo. No es menester que hagamos excursión alguna por los dominios de la historia y de la sociología para probar que de la impotencia del Individuo aislado ha surgido la comunidad de los hombres, ha brotado lo que se llama sociedad. Aun cuando la existencia individual es posible fuera de la comunidad, no es cuestionable la ventaja de ésta por lo que ensancha la esfera de acción de aquél y por los beneficios que le reporta.

Por eso cuando decimos que los hombres pueden satisfacer libremente la necesidad de integral desenvolvimiento, agregamos la petición de principio: “por medio de la cooperación o comunidad voluntarias”.

La cooperación forzosa es el medio de convivencia social practicado casi universalmente. Bajo distintos nombres se ha considerado, y se considera necesaria la esclavitud de la mayoría de los hombres para la producción de las cosas indispensables a la vida. Poco importa la proclamación de la libertad del trabajo, porque con el nombre de proletariado el esclavo perdura. El que carece de propiedad en nuestras sociedades individualistas, vive obligado a someter su libertad y su fuerza productora al que mejor le pague. El salario es el precio de la servidumbre. Se contrata actualmente en el mercado público al jornalero poco más o menos como se contrataba antes al esclavo. Si la demanda sobrepuja a la oferta, el obrero puede hacerse pagar regularmente el alquiler de la fuerza. Si la demanda es inferior a la oferta, el precio del alquiler baja y queda a unos cuantos la libertad de despedazarse en la disputa por el apetecido mendrugo. Los más deben resignarse a perecer de hambre. Tal es el resultado efectivo de las conquistas democráticas.

No preguntaremos a los hombres de ideas radicales porque contradicen en la práctica lo que teóricamente afirman. La inflexible lógica del individualismo imperante es más fuerte que todas las filosofías fraternales.

Pero es necesario evidenciar continuamente por qué los más hermosos principios resultan en la vida ordinaria impracticables.

Se ha afirmado la Libertad como una cosa legislable, como una bella fórmula perdida entre la hojarasca ampulosa de la literatura política. Se ha afirmado la igualdad como una ecuación impuesta y la realidad por la sola virtud del rigorismo de sus términos. Se Da afirmado la fraternidad como la mística aparición de sentimientos novísimos cuya propiedad inmaculada consistía en limar, por arte de magia, todas las asperezas de la vida común. Y no se ha tenido la resolución de llegar hasta el fondo verdadero de estos principios, no se ha tenido el valor de traducirlos en hechos. La humanidad se contentó con las palabras y se pasa sin su bello contenido.

La propiedad y el gobierno, el antagonismo de intereses y la desigualdad de condiciones, todo subsiste a través de tremendas sacudidas revolucionarias y anula las afirmaciones de la democracia. Es menester llegar al socialismo para per- catarse de que la libertad es un mito sin la cooperación voluntaria entre los hombres; que la igualdad es contrasentido sin la destrucción de la propiedad individual; que la fraternidad es imposible sin la desaparición previa de cuanto en la lucha cotidiana pone a unos hombres enfrente de los otros. Es menester llegar al anarquismo para advertir cuán radicalmente cualquier sistema de gobierno de unos hombres por otros imposibilita toda solución de igualdad y de libertad y cierra el paso al porvenir.

La libertad efectiva de sentir, pensar y obrar en la sociedad con entera independencia, no es traducible prácticamente más que por la facultad común a todos los hombres de poder cooperar según su voluntad a los fines que puedan o quieran proponerse. Esta facultad supone necesariamente la Igualdad de medios, cuya expresión completa es la comunidad de todas las cosas, formulada, metodizada según las opiniones, las tendencias y las necesidades de los asociados. La fraternidad solamente puede producirse a medio de la identidad de los intereses.

Dejad al hombre en libertad de asociarse y cooperar voluntariamente a todos los fines de la vida; hacedle posible la adopción de los medios indispensables a la realización de aquellos fines, y el hombre, todos los hombres, podrán dedicarse de hecho a la producción de cuanto sea necesario a su integral desarrollo.

El método de la cooperación forzosa ha hecho que la mayor parte de los humanos se vea constreñida a trabajar bestialmente para que unos cuantos puedan permitirse el lujo de rebasar los términos de todo desarrollo necesario. El método de la Cooperación voluntaria hará que todos los hombres se consagren espontánea y solidariamente a la producción racional de cuanto sea indispensable a la existencia. La naturaleza, que puso al lado de las necesidades la fuerza productora, obrará por mil organizaciones coercitivas y empujará al trabajo, al ejercicio útil de la fuerza, mejor que cualquier género de coacción organizada. Lleguemos hasta el fin o será preciso borrar del programa de las aspiraciones humanas las palabras que tantas veces han llevado a los hombres de generosos sentimientos al sacrificio de su existencia en beneficio de sus semejantes y en holocausto de sus anhelos de justicia.

SI, pues, en conclusión, no damos esquemas del porvenir establecemos en cambio los principios fundamentales de una nueva práctica, libre a todas las iniciativas y a todas las experiencias, cuya resultante será el producto del estado de desenvolvimiento de los hombres en cada momento de tiempo y en cada lugar de espacio.


Ricardo Mella.
(Natura, num. 17 Y 18. Barcelona, junio 1904).

Del prologo de la obra de Benjamin Cano Ruiz, ¿Qué es el anarquismo?

Y aunque en el transcurso de las páginas que siguen intentamos esbozar una idea, aunque no exhaustiva, un tanto completa sobre lo que es y significa el anarquismo, bueno será que adelantemos que el anarquismo es un ideal y un movimiento que propician:

Primero. La dicha y el bienestar del ser humano en todas las manifestaciones de su vida.

Segundo. La abolición de todas las trabas creadas por el hombre que impiden la consecución de esa felicidad por la que la humanidad viene luchando durante toda su historia.

Tercero. El cultivo de la personalidad humana hasta los mayores grados asequibles de dignidad, responsabilidad y perfección.

Como consecuencia lógica de esos tres postulados fundamentales el anarquismo considera que las estructuras generales de la actual sociedad son falsas y nocivas, por lo que lucha por su destrucción.

De ahí que rechace el autoritarismo como sistema de organización social, proponiendo formas de organización que hagan innecesario el Estado al suplantarlo por las libres asociaciones federadas entre sí.

Y que rechace el sistema de asalariado y propiedad individual como manera económica para regir la producción y reparto de la riqueza, tanto la producida por el trabajo humano como la que espontáneamente ofrece la naturaleza. Entre las diversas maneras en que la producción y el consumo pueden organizarse sin necesidad de la explotación y tiranía capitalista y estatal, el anarquismo propone principalmente el colectivismo autogestionario como forma de administración que permite la justicia distributiva sin intervención autoritaria, con lo que pueden concertarse la libertad y la igualdad económica.

Finalmente, hay que señalar en este breve esquema que el anarquismo tiene como principio fundamental el buscar todas las formas de compatibilizar la libertad con cualquiera de los aspectos de la vida social, ya que considera que la libertad es el más preciado de todos los dones a que la humanidad puede aspirar. De ahí que no sea el anarquismo un programa cerrado ni un proyecto dogmático, sino un principio libertario que puede manifestarse en las mil y una maneras en que la vida humana puede ser libre. Y las formas de organización que el anarquismo ofrece perentoriamente para salir del mundo autoritario y explotador en que vivimos no tienen la pretensión de ser eternas ni siquiera únicas, sino, tal vez, hoy, las mejores. También es por eso que actualmente coinciden con los principios fundamentales del anarquismo extensas capas del pensamiento mundial que no se definen como anarquistas pero que en su cariño por la libertad se acercan tanto al anarquismo que casi se confunden con él. Ese es el caso de pensadores tan grandes como Bertrand Russell, Martín Buber, Albert Camus, Erich Fromm. Octavio Paz y muchos otros.

Muchas pueden ser también las vías que conduzcan a la consecución de esos objetivos que se derivan de los postulados que propone el anarquismo, pero, fundamentalmente, el movimiento anarquista ha escogido dos que se han distinguido y han preponderado en toda s praxis histórica. Cuando en el transcurso del siglo pasado surgió el movimiento obrero generado por las grandes concentraciones industriales, el anarquismo se volcó en él y creó un movimiento sindical con la doble función de conseguir aminorar la explotación capitalista y preparar la gran revolución que habría de terminar con todo el sistema imperante para iniciar una nueva era de libertad, bienestar y justicia. Ese movimiento sindical podría representar, a su vez, el inicio de la nueva organización económica, ya que, en realidad, en manos de los productores organizados libremente podrían establecerse las bases realmente justicieras de la producción y la distribución. Los sindicatos, pues, para el anarquismo, podían y debían ser el instrumento de las reivindicaciones inmediatas y una de las principales bases de la organización económica de la nueva sociedad.

En el orden político y social propiamente dicho el anarquismo aún considera que el municipio o la comuna libres, interfederados entre sí, suplirían con enorme ventaja la organización autoritaria del Estado. Empero, dado que el sistema municipal también ha sido adoptado por el Estado, aunque en sentido centralista y autoritario, el movimiento anarquista militante rechaza la participación en la administración municipal por ser actualmente un apéndice del sistema autoritario gubernamental.

En el mismo sentido rechaza toda integración y colaboración con las estructuras actuales, y no interviene, como hacen otros sectores sedicentes revolucionarios -los sectores marxistas, por ejemplo-, en las contiendas parlamentarias. De ahí su conocido apoliticismo, dado que no cree que dentro del sistema ni colaborando con él se llegue a destruir éste, por lo que prefiere la senda revolucionaria que deshaga totalmente las estructuras autoritarias y permita establecer los inicios de una verdadera sociedad libre. Y en este aspecto el anarquismo difiere de todos los demás movimientos sociales y políticos, pues propicia una verdadera revolución social.

Se comprende que todas esas concepciones sociales del anarquismo han de nacer de concepciones filosóficas y morales diferentes a las que rigen en el panorama general de la vida actual. De ahí que a las grandes interrogantes de todas las épocas del pensamiento humano. (¿Qué es el hombre? ¿Cuál es la naturaleza del medio en que la vida humana se desarrolla? ¿Cómo debe vivir el hombre?), el anarquismo trate de responder con sus propias concepciones, de donde nace su ateísmo, su moral del apoyo mutuo y toda la plataforma filosófica que sirve de base a la estructuración de toda su ideología, tan vasta como la vida misma.

De ahí se puede deducir, pues, que un ideal y un movimiento tan diferentes a cuantos movimientos e ideales transitan en las lides sociales requiera una explicación que permita a quienes no lo conocen de manera cabal tener una idea, aunque sea en cierto modo esquemática, de lo que es y representa.

El Anarquismo de P. Kropotkin (Definición para la Enciclopedia Británica)

Anarquismo, una definición

ANARQUISMO (del griego an-, y arke, contrario a la autoridad), es el nombre que se da a un principio o teoría de la vida y la conducta que concibe una sociedad sin gobierno, en que se obtiene la armonía, no por sometimiento a ley, ni obediencia a autoridad, sino por acuerdos libres establecidos entre los diversos grupos, territoriales y profesionales, libremente constituidos para la producción y el consumo, y para la satisfacción de la infinita variedad de necesidades y aspiraciones de un ser civilizado.

En una sociedad desarrollada sobre estas directrices, las asociaciones voluntarias que han empezado ya a abarcar todos los campos de la actividad humana adquirirían una extensión aún mayor hasta el punto de substituir al Estado en todas sus funciones. Representarían una red entretejida, compuesta de una infinita variedad de grupos y de federaciones de todos los tamaños y grados, locales, regionales, nacionales e internacionales, temporales o más o menos permanentes, para todos los objetivos posibles: producción, consumo e intercambio, comunicaciones, servicios sanitarios, educación, protección mutua, defensa del territorio, etcétera; y, por otra parte, para la satisfacción de un número creciente de necesidades científicas, artísticas, literarias y de relación social.

Además, tal sociedad no se pretendería inmutable. Por el contrario, como sucede en todo el conjunto de la vida orgánica, derivaríase la armonía de un ajuste y reajuste perpetuo y variable del equilibrio de la multitud de fuerzas e influencias, y este ajuste se obtendría. dicho brevemente, si ninguna fuerza gozase de la protección especial del Estado.

Si la sociedad, según esto, se organizase conforme a estos principios, no se vería el hombre limitado, en el libre ejercicio de su capacidad de trabajo productivo, por un monopolio capitalista sostenido por el Estado; ni en el ejercicio de su voluntad por miedo al castigo, o por obediencia a entidades metafísicas o a individuos que llevan ambos a la disminución de la iniciativa y al servilismo intelectual. El hombre se guiaría por su propia razón, que llevaría necesariamente la huella de la acción y reacción libres de su propio yo y las concepciones éticas del medio. El hombre podría así alcanzar el desarrollo pleno de todas sus potencias, intelectuales, artísticas y morales, sin verse obligado a trabajar agotadoramente para los monopolistas, ni trabado por el servilismo y la inercia intelectual de la gran mayoría. Podría así alcanzar la plena individualización que no es posible ni bajo el sistema de individualismo actual, ni bajo ningún sistema de socialismo de Estado del llamado Volkstaat (Estado popular).

Los autores anarquistas consideran, además, que su concepción no es una Utopía basada en un método apriorístico, después de haber postulado unos cuantos deseos que se toman por hechos reales. Se deriva, afirman, de un análisis de tendencias que están ya actuando, aunque el socialismo de Estado puede encontrar apoyo temporal entre los reformadores. El progreso de la técnica moderna, que simplifica maravillosamente la producción de todos los elementos necesarios para la vida; el creciente espíritu de independencia y la rápida expansión de la iniciativa libre y el libre entendimiento en todas las ramas de actividad (incluyendo las que se consideraban antes atributo de la Iglesia y el Estado) refuerzan firmemente la tendencia de no gobierno.

En cuanto a sus concepciones económicas, los anarquistas, junto con todos los socialistas, de los que son el ala izquierda, sostienen que el sistema de propiedad privada de la tierra hoy imperante, nuestra producción capitalista en función del beneficio, representa un monopolio que va al mismo tiempo contra los principios de justicia y los imperativos de la utilidad. Es el motivo de que los frutos de la técnica moderna no se pongan al servicio de todos y produzcan el bienestar general. Los anarquistas consideran el sistema salarial y la producción capitalista un obstáculo para el progreso. Pero señalan también que el Estado fue, y sigue siendo, el principal instrumento para que unos pocos monopolicen la tierra, y los capitalistas se apropien de un volumen totalmente desproporcionado del excedente anual acumulado de producción. En consecuencia, al tiempo que combaten el actual monopolio de la tierra y el capitalismo, combaten los anarquistas con la misma energía al Estado como apoyo principal del sistema. No ésta o aquélla forma especial de Estado, sino el Estado mismo, sea monarquía o incluso República gobernada por medio del referéndum.

Habiendo sido siempre la organización del Estado, tanto en la historia antigua como en la moderna (imperio macedónico, imperio romano, los modernos Estados europeos edificados sobre las ruinas de las ciudades libres), el instrumento para asentar monopolios de las minorías dominantes, no puede utilizársele para la destrucción de tales monopolios. Los anarquistas consideran, por tanto, que entregar al Estado todas las fuentes principales de vida económica (la tierra, las minas, los ferrocarriles, la banca, los seguros, etcétera), así como el control de todas las principales ramas de la industria, además de todas las funciones que acumula ya en sus manos (educación religiones apoyadas por el Estado, defensa del territorio, etcétera), significaría crear un nuevo instrumento de dominio. El capitalismo de Estado no haría más que incrementar los poderes de la burocracia y el capitalismo. El verdadero progreso está en la descentralización, tanto territorial como funcional, en el desarrollo del espíritu local y de la iniciativa personal, y en la federación libre de lo simple a lo complejo, en vez de la jerarquía actual que va de centro a periferia.

Los anarquistas, con la mayoría de los socialistas, reconocen que, como toda evolución natural, la lenta evolución de la sociedad es seguida a veces de períodos de evolución acelerada a los que se llama revoluciones; y creen que la era de las revoluciones aún no ha concluido. A los períodos de rápidos cambios seguirán otros de lenta evolución, y han de aprovecharse estos períodos, no para aumentar y ensanchar los poderes del Estado sino para reducirlos, formando organizaciones en toda población o comuna de los grupos locales de productores y consumidores, así como federaciones regionales, y en su momento internacionales, de estos grupos.

Los anarquistas se niegan, en virtud de los principios expuestos, a participar en la organización estatista actual y a apoyarla e infundirle sangre nueva. No pretenden constituir, e invitan a los trabajadores a no hacerlo, partidos políticos para los parlamentos.

Por tanto, desde que se creó la Asociación Internacional de Trabajadores (1864-66), han procurado propagar sus ideas directamente en las organizaciones obreras, e inducirla a una lucha directa contra el capital, sin depositar fe alguna en la legislación parlamentaria.


El desarrollo histórico del anarquismo

La concepción de la sociedad esbozada, y la tendencia de la que es expresión dinámica, han existido siempre en la especie humana, frente a la concepción y la tendencia jerárquicas que hoy imperan, alternándose su predominio en diferentes períodos de la historia. A la primera tendencia debemos la evolución, obra de las propias masas, de aquellas instituciones (el clan, la comunidad aideana, el gremio, la ciudad libre medieval) por las que las masas resistieron a las invasiones de los conquistadores y de las minorías ansiosas de poder. Esta misma tendencia se manifestó con gran energía en los grandes movimientos religiosos de los tiempos medievales, sobre todo en los primeros de la Reforma y en sus precedentes. Halló al mismo tiempo clara expresión en las obras de algunos pensadores, desde los tiempos de Lao-tse, aunque, debido a su origen popular y no escolástico, tuvo mucho menor eco entre los estudiosos que la tendencia opuesta. Como señaló el profesor Adler en su Geschichte des Sozialismus und Kommunismus. Arístipo (n. c. 430 a. C.), uno de los fundadores de la escuela cirenáica, enseñó ya que el sabio no debía ceder su libertad al Estado, y, en respuesta a una pregunta de Sócrates, dijo que no deseaba pertenecer ni a la clase gobernante ni a la gobernada. Pero dictaba esta actitud, al parecer, una simple visión epicúrea de la vida del pueblo.

El mejor exponente de la filosofía anarquista en la antigua Grecia fue Zenón (342-267 o 270 a. C.), cretense, fundador de la escuela estoica, que opuso una concepción clara de comunidad libre sin gobierno a la utopía estatista de Platón. Repudió la omnipotencia del Estado, su carácter intervencionista y reglamentador, y proclamó la soberanía de la ley moral del individuo, subrayando ya que, aunque el necesario instinto de autodefensa lleva al hombre al egoísmo, la naturaleza ha proporcionado un correctivo dando al hombre otro instinto: el social. Cuando los hombres sean lo bastante razonables para seguir sus instintos naturales, se unirán por encima de las fronteras y constituirán el Cosmos. No necesitarán ya tribunales de justicia ni policía, no tendrán templos ni cultos públicos, no utilizarán moneda alguna: habrá donaciones libres en vez de intercambios.

Por desgracia, no han llegado hasta nosotros las obras de Zenón y sólo conocemos citas fragmentarias. Sin embargo, el hecho de que su misma formulación sea similar a la formulación utilizada hoy, muestra hasta qué punto es profunda la tendencia de la naturaleza humana de la que fue portavoz.

En tiempos medievales, encontramos los mismos puntos de vista sobre el Estado en el ilustre obispo de Alba, Marco Girólamo Vida, en su primer diálogo De dignitate reipublicae (Ferd. Cavalli, en Men. dell'lstituto Vento, XIII; Dr. E. Nys, Researches in the History of Economics). Pero es sobre todo en varios primitivos movimientos cristianos, que empiezan en el siglo noveno en Armenia, y en las predicaciones de los primeros hussitas, sobre todo Chojecki, y los primitivos anabaptistas, en especial Hans Denk (Keller, Ein Apostel der Wiedertäufer), donde hallamos las mismas ideas vigorosamente expresadas, subrayándose, claro está, sobre todo, sus aspectos morales.

Rabelais y Fénelon, en sus Utopías, expresaron también ideas similares, frecuentes también en el siglo dioeciocho entre los enciclopedistas franceses, como puede deducirse de expresiones aisladas que se hallan esporádicamente en las obras de Rousseau, en el prefacio de Diderot al Viaje de Bougainville, etcétera. Sin embargo, tales ideas no pudieron desarrollarse entonces probablemente a causa de la rigurosa censura de la Iglesia Católica Romana.

Estas ideas hallaron expresión más tarde durante la Gran Revolución Francesa. Mientras los jacobinos hacían lo posible por centralizarlo todo en manos del gobierno, se ha descubierto ahora, por documentos recientemente publicados, que las masas populares, en sus municipalidades y secciones lograron realizar un considerahle trabajo constructivo. Se adjudicaron la elección de los jueces, la organización de suministros y equipo para el ejército y las grandes ciudades, proporcionaron trabajo a los parados, dirigieron las obras caritativas, etcétera. Intentaron establecer incluso una correspondencia directa entre las treinta y seis mil comunas de Francia por intermedio de un consejo especial, al margen de la Asamblea Nacional (Sigismund Lacroix, Actes de la Commune de París).

Fue Godwin, en su Enquiry concerning Political Justice (2 vols., 1793), el primero que formuló las concepciones políticas y económicas del anarquismo, aunque no diese tal nombre a las ideas expuestas en su notable obra. Las leyes, escribió, no son producto de la sabiduría de nuestros antepasados: son producto de sus pasiones, su timidez, sus envidias y su ambición. El remedio que ofrecen es peor que los males que pretenden curar. Si se aboliesen todas las leyes y tribunales, y sólo en ese caso, y si se dejase decidir sobre los pleitos que surjan a hombres razonables elegidos para este fin, se crearía gradualmente auténtica justicia. En cuanto al Estado, Godwin pedía abiertamente su abolición. Una sociedad, escribió, puede existir perfectamente sin gobierno, si las comunidades son pequeñas y absolutamente autónomas. Respecto a la propiedad, afirmó que sólo la justicia debe regular los derechos de cada cual a todo objeto capaz de contribuir al beneficio de un ser humano: el objeto debe ir a quien más lo necesite. Su conclusión era el comunismo. Pero Godwin no tuvo el valor de mantener sus opiniones. Reelaboró totalmente más tarde su capítulo sobre la propiedad y mitigó sus enfoques comunistas en la segunda edición de Political Justice (ocho vols., 1796).

Proudhon fue el primero que utilizó, en 1840 (¿Qué es la propiedad?), el nombre de anarquía aplicándolo al estado social de no gobierno. El nombre de anarquistas, lo habían aplicado abundantemente los girondinos durante la Revolución Francesa a los revolucionarios que no consideraban que la tarea de la revolución debiera limitarse a derrocar a Luis XVI, e insistían en que se tomara una serie de medidas económicas (abolición de derechos feudales sin indemnización, devolución a las comunidades de los pueblos de las tierras comunales cercadas desde 1669, limitación de la propiedad de la tierra a ciento veinte acres, impuesto progresivo sobre la renta, organización nacional de los intercambios en base a un valor justo, que empezaba ya a llevarse a la práctica, etcétera).

Proudhon abogó, pues, por una sociedad sin gobierno y utilizó el término anarquía para designarla. Proudhon rechazó, como se sabe, todo esquema de comunismo que pudiese conducir a la especie humana a acabar en monasterios o barracones comunistas, o también todos los planes de socialismo de Estado, o amparado por el Estado, propuestos por Louis Blanc y los colectivistas. Cuando proclamó en su primera memoria sobre la propiedad propiedad es robo, aludía únicamente a la propiedad en su sentido actual, según el derecho romano, de derecho de uso y abuso; entendía, por otra parte, les derechos de propiedad en el sentido limitado de posesión, considerándola la mejor protección contra las intromisiones del Estado. Al mismo tiempo, no deseaba desposeer violentamente a los propietarios de la tierra, las viviendas, las casas, las fábricas, etcétera. Prefería alcanzar el mismo fin estableciendo que el capital no pudiese producir interés; y se proponía lograrlo con un banco nacional, basado en la confianza mutua de todos los dedicados a la producción, que acordarían intercambiar sus productos según el valor de coste, por medio de cheques de trabajo que representasen las horas de trabajo necesarias para producir determinado artículo. Según este sistema, que Proudhon llamaba mutualismo, todos los intercambios de servicios serían estrictamente equivalentes. Además, tal banco podría prestar dinero sin interés, exigiendo sólo sobre un uno por ciento, menos incluso, para cubrir los gastos de administración. Al poder así cualquiera tomar prestado el dinero necesario para comprar una casa, nadie querría ya pagar una renta al año por utilizarla. Se lograría así fácilmente, sin expropiación, una liquidación social general. Lo mismo se aplicaba a minas, ferrocarriles, fábricas, etcétera.

En una sociedad de este tipo, el Estado sería inútil. Las principales relaciones entre los ciudadanos se basarían en el acuerdo libre y se regularían por una simple contabilidad. Las disputas se resolverían por arbitraje. Las características más destacadas de la obra de Proudhon fueron la crítica profunda del Estado y de todas las formas posibles de gobierno y una penetrante visión de todos las problemas económicos.

Hemos de añadir que el mutualismo francés tuvo su precursor en Inglaterra en William Thompson, que empezó siendo mutualista antes de hacerse comunista, y en sus seguidores John Gray (A Lecture on Human Hoppiness. 1825; The Social System, 1831) y J. F. Brail (Labour's Wrongs and Labour's Remedy, 1839). Tuvo también su precursor en América. Josiah Warren, nacido en 1798 (véase W. Bailis, Josiah Warren, the First American Anarchist, Boston. 1900), que perteneció a la Nueva Armonía de Owen, y consideró que el fracaso de esta empresa se debió más que nada a la supresión de la individualidad y a la falta de iniciativa y de responsabilidad. Estos defectos, enseñó, eran inherentes a todo plan basado en la autoridad y la comunidad de bienes. Abogó, en consecuencia, por la completa libertad del individuo. En 1827 abrió en Cincinnati un pequeño almacén rural que fue el primer Almacén de Equidad. y al que la gente llamó Tienda Tiempo, porque se basaba en trabajo cambiado hora por hora de todo tipo de productos. El coste límite del precio, y, en consecuencia la abolición del interés, era la consigna de su almacén, y más tarde de su Pueblo Equidad, junto a Nueva York, que aún existía en 1865. La Casa de Equidad del señor Keith en Boston, creada en 1855, es también digna de citar.

Mientras que las ideas económicas de Proudhon, y sobre todo el banco de ayuda mutua, hallaron apoyo e incluso aplicación práctica en los Estados Unidos, su concepción política anárquica halló muy poco eco en Francia, donde el socialismo cristiano de Lamennais y los fourieristas, y el socialismo de Estado de Louis Blanc y los seguidores de Saint-Simon, dominaban. Estas ideas hallaron sin embargo cierto apoyo temporal entre los hegelianos alemanes, Moses Hess en 1843 y Karl Grün en 1845, que abogaron por el anarquismo. Además, al dar origen el comunismo autoritario de Wilhelm Weitling a una oposición entre los obreros suizos, Wilhelm Marr la expresó en los años cuarenta.

Por otra parte, el anarquismo individualista halló, también en Alemania, plena expresión en Max Stirner (Kaspar Schmidt), cuyas notables obras (Der Einzige und sein Eigenthum y sus artículos en Rheinsche Zeitung) permanecieron completamente desconocidos hasta que John Henry Mackay llamó la atención sobre ellos.

El profesor V. Basch, en la excelente introducción a su interesante libro, L'Individualisme anarchiste: Max Stirner (1904), ha mostrado cómo el desarrollo de la filosofía alemana desde Kant a Hegel, y el absoluto de Schelling y el Gist de Hegel, provocaron inevitablemente, al iniciarse la revuelta antihegeliana, la predicación del mismo absoluto en el campo de los rebeldes. Hizo esto Stimer, que abogó, no sólo por una rebelión total contra el Estado y contra la servidumbre que el comunismo autoritario impondría a los hombres, sino también la plena liberación del individuo de toda atadura social y moral: la rehabilitación del yo, la supremacía del individuo, completo a-moralismo, y la asociación de los egoístas. El profesor Basch indicó ya el sentido final de esta suerte de anarquismo individual: que el objetivo de toda civilización superior no es hacer que todos los miembros de la comunidad se desarrollen de modo normal, sino permitir a ciertos individuos mejor dotados desarrollarse plenamente, aun a costa de la felicidad y de la existencia misma de la gran mayoría de los seres humanos. Es así una vuelta al individualismo más vulgar, defendido por todas las supuestas minorías superiores, a quienes debe en realidad el hombre en su historia, precisamente, el Estado y todo lo demás que estos individualistas combaten. Su individualismo llega a una negación de su propio punto de partida; por no hablar de la imposibilidad de que el individuo logre un desarrollo reaimente pleno en las condiciones de opresión de las masas por los bellos aristócratas. Su desarrollo sería unilateral. Por esto tal dirección ideológica, no obstante su acierto indudable al abogar por el pleno desarrollo de cada individualidad, sólo halla eco en limitados círculos artísticos y literarios.

El anarquismo de la Asociación lnternacional de Trabajadores

Tras la derrota de la insurrección de los obreros parisinos en junio de 1848 y la caída de la República, hubo una disminución general de la propaganda en todas las corrientes del socialismo. La prensa socialista toda quedó prácticamente paralizada durante un período de reacción que se prolongó veinte años. Sin embargo, hasta el pensamiento anarquista hizo progresos, principalmente en las obras de Bellegarrique (Coeurderoy) y sobre todo Joseph Déjacque (Les Lazaréennes, L'Humanisphère, una utopía anarcocomunista, recientemente descubierta y reeditada). El movimiento socialista sólo revivió a partir de 1864, cuando algunos obreros franceses, mutualistas todos, se reunieron en Londres durante la Exposición Universal con seguidores ingleses de Robert Owen y fundaron la Asociación Internacional de Trabajadores. Desarróllose esta asociación muy rápido y adoptó una política de lucha económica directa contra el capitalismo, sin intervenir en la vida política parlamentaria, y siguió esta política hasta 1871. Tras la guerra francoprusiana, cuando se prohibió la Asociación Internacional de Trabajadores en Francia tras la Insurrección de la Comuna, los obreros alemanes, que habían recibido derecho a voto en las elecciones al recién constituido parlamento imperial, insistieron en modificar las tácticas de la Internacional y empezaron a formar un partido político socialdemócrata. Esto llevó muy pronto a una división en la Internacional, cuyas federaciones latinas (la española, la italiana, la belga y la urásica, -Francia no pudo estar representada-) formaron entre sí una unión federal que rompió totalmente con el consejo general marxista de la organización. Dentro de esas federaciones se desarrolló ya lo que puede llamarse anarquismo moderno. Los federados, junto con los nombres de federalistas y antiautoritarios habían utilizado durante un tiempo el de anarquistas, que sus adversarios insistían en aplicarles, y que prevaleció y fue por último reivindicado.

Bakunin se convirtió en seguida en el espíritu rector de estas federaciones latinas en el desarrollo de los principios del anarquismo, lo cual hizo en numerosos escritos, folletos y cartas. Pidió la abolición total del Estado, según él producto de la religión, correspondiente a un estadio de civilización más atrasado, y que representaba la negación de la libertad y corrompía hasta lo que pretendía hacer en pro del bienestar común. El Estado era un mal históricamente necesario, pero sería igualmente necesaria, tarde o temprano, su total extinción. Repudiando toda legislación, hasta la nacida del sufragio universal, Bakunin pedía autonomía plena para cada nación, región y comuna, siempre que no constituyesen amenaza para sus vecinos, y plena independencia del individuo, añadiendo que sólo es uno realmente libre cuando son libres los demás, y en proporción a esa libertad de todos. Las federaciones libres de las comunas formarían naciones libres.

En cuanto a sus ideas económicas, Bakunin se decía, en común con sus camaradas federalistas de la Internacional, anarquista colectivista; no como lo fueron Vidal y Becqueur en los cuarenta, o sus modernos seguidores socialdemócratas, sino como defensa de un estado de cosas en que todos los medios de producción fuesen propiedad común de los grupos de trabajo y las comunas libres, y en que el sistema de retribución del trabajo, comunista o de otro género, lo estableciese por sí mismo cada grupo. La revolución social, cuya proximidad predecían entonces todos los socialistas, sería el medio de dar vida a las nuevas condiciones.

Las federaciones jurásica, española e italiana y sectores de la Asociación Internacional de Trabajadores, así como los grupos anarquistas franceses, alemanes y americanos, fueron durante los años siguientes los principales centros del pensamiento y la propaganda anarquista. Se abstuvieron de participar en la política parlamentaria y mantuvieron siempre estreoho contacto con las organizaciones obreras. Pero en la segunda mitad de los años ochenta y principios de los noventa, cuando la influencia de los anarquistas empezó a percibirse en las huelgas, en las manifestaciones del Primero de Mayo, en las que defendieron la idea de la huelga general por la jornada de ocho horas, y en la propaganda antimilitarista en el ejército, se inició contra ellos una violenta represión, sobre todo en los países latinos (incluyendo la tortura física en el castillo de Montjuic de Barcelona) y en los Estados Unidos (ejecución de cinco anarquistas de Chicago en 1887). Contra estas persecuciones replicaron los anarquistas con actos de violencia que fueron seguidos a su vez de más ejecuciones de arriba y nuevos actos de venganza de abajo. Creó esto en la generalidad del público la impresión de que la esencia básica del anarquismo era la violencia, punto de vista rechazado por sus partidarios, que sostienen que en realidad todos los partidos recurren a la violencia cuando se les impide la acción directa por la represión, y leyes extraordinarias les declaran forajidos.

El anarquismo siguió desarrollándose, en parte en la dirección proudhoniana (mutualista), pero sobre todo como anarcocomunismo, al que se añadió una tercera dirección, la anarcocristiana de Leon Tolstoi, y una cuarta que podría denominarse anarquismo literario, y que iniciaron algunos destacados escritores modernos.

Las ideas de Proudhon, sobre todo en lo que respecta a la banca mutua, se corresponden con las de Josiah Warren, y hallaron considerable eco en Estados Unidos, dando origen a una escuela distinta, cuyos nombres pueden hallarse en la Bibliografía de la Anarquía del Doctor Nettlau.

Ha ocupado posición destacada entre los anarquistas individualistas de Norteamérica, Benjamín R. Tucker, cuyo periódico Liberty se fundó en 1881, y cuyas ideas son una combinación de las de Proudhon y las de Herbert Spencer. Partiendo del principio de que los anarquistas son egoístas, estrictamente hablando, y de que cada grupo de individuos, sea la liga secreta de unos cuantos o el Congreso de los Estados Unidos, tiene derecho a oprimir a todo el resto de la especie humana, siempre que disponga del poder necesario, que debe ser ley la libertad igual para todos y la absoluta igualdad y que ocuparse cada uno de sus propios asuntos es la única regla moral del anarquismo. Tucker pasa a demostrar que una aplicación general y completa de tales principios sería beneficiosa y no presentaría peligro alguno, porque los poderes de cada individuo quedarían limitados por el ejercicio de los derechos iguales de todos los demás. Indicaba luego (siguiendo a H. Spencer) la diferencia que existe entre la usúrpación de los derechos de alguien y la resistencia a esa usurpación; entre dominación y defensa: siendo la primera igualmente condenable, ya sea la usurpación realizada a un individuo por un criminal, o la de uno sobre todos los otros, o la de todos los otros sobre el uno; mientras que la resistencia a la usurpación es defendible y necesaria. En su propia defensa, tanto el ciudadano como el grupo, tienen derecho a cualquier violencia, incluida la pena capital. Se justifica también la violencia para hacer obligatorio el respeto a un acuerdo. Tucker sigue así a Spencer, y, como él, abre (en opinión del que escribe) el camino de la reconstitución, so pretexto de defensa, de todas las funciones del Estado. Su crítica del Estado actual es muy penetrante, y su defensa de los derechos del individuo de gran vigor. En cuanto a sus ideas económicas, sigue B. R. Tucker a Proudhon.

El anarquismo individualista de los proudhonianos de América del Norte encuentra, sin embargo, poco eco en las masas obreras. Los que lo profesan (principalmente intelectuales) comprenden pronto que la individualización que tanto ensalzan no es asequible por esfuerzos individuales, y o bien abandonan las filas anarquistas y se entregan al individualismo liberal de los economistas clásicos, o bien se refugian en una especie de amoralismo epicúreo, o teoría del superhombre, similar a las de Stirner y Nietzsche. La mayoría de los obreros anarquistas prefieren las ideas anarcocomunistas que han evolucionado gradualmente a partir del colectivismo anarquista de la Asociación Internacional de Trabajadores. A esta dirección pertenecen (y nombro sólo a los exponentes más conocidos del anarquismo) Eliseo Reclus, Jean Grave. Sebastian Fauré y Emilio Pouget en Francia; Enrico Malatesta y Covelli en Italia; R. Mella, A. Lorenzo y los autores, desconocidos la mayoría, de muchos excelentes manifiestos de España; John Most entre los alemanes; Spies, Parsons y sus seguidores en los Estados Unidos, etcétera; también Domela Nieuwenhuis ocupa una posición intermedia en Holanda. Los principales periódicos anarquistas publicados a partir de 1880 pertenecen también a esa tendencia; y gran cantidad de anarquistas que también pertenecen a ella se han unido al llamado movimiento sindicalista, nombre francés del movimiento obrero no político, consagrado a la lucha directa contra el capitalismo, que tanta prominencia ha adquirido últimamente en Europa.

Como anarcocomunista, el que esto escribe trabajó muchos años para desarrollar las siguientes ideas: mostrar la conexión lógica e íntima que existe entre la filosofía moderna de las ciencias naturales y el anarquismo; dar al anarquismo una base científica para el estudio de las tendencias que son patentes hoy en la sociedad y que puede indicar su posterior evolución; y estableoer las bases de la moral anarquista. En cuanto a la esencia del propio anarquismo, fue objetivo de Kropotkin demostrar que el comunismo, (al menos parcial) tiene más posibilidades de éxito que el colectivismo, sobre todo si las comunas toman la dirección, y que la forma libre, o anarcocomunista, es la única forma de comunismo que ofrece posibilidades estables a las sociedades civilizadas; comunismo y anarquía son, en consecuencia, dos factores de evolución que se complementan mutuamente, y que se hacen mutuamente posibles y aceptables. Ha intentado, además, indicar cómo, durante un período revolucionario, una gran ciudad (si sus habitantes aceptan la idea) podría organizarse según las directrices del comunismo libre; la ciudad garantizaría a todo habitante vivienda, comida y ropa en proporción correspondiente al bienestar de que hoy sólo disfrutan las clases medias, a cambio de un trabajo de medio día, o de cinco horas; y que todo lo que se considerara lujo podría obtenerse de modo general si los individuos se uniesen durante la otra mitad del día en todo género de asociaciones libres que persiguiesen los diversos objetivos posibles: educativos, literarios, científicos, artísticos, deportivos, etcétera. A fin de probar el primero de estos asertos, ha analizado las posibilidades de la agricultura y del trabajo industrial, combinadas ambas con las tareas del intelecto. Y con el fin de determinar los principales factores de evolución de los seres humanos, analicé el papel que jugaron en la historia las sociedades populares constructivas de ayuda mutua y el papel histórico del Estado.

Sin titulares anarquistas, Leon Tolstoi, como sus predecesores de los movimientos religiosos populares de los siglos quince y dieciséis, Chojecki, Denk y muchos otros, adopta una posición anarquista respecto al Estado y a los derechos de propiedad, derivando sus conclusiones del espíritu general de las enseñanzas de Cristo y de los necesarios dictados de la razón. Con todo el poder de su talento, ha realizado (sobre todo en El reino de Dios en nosotros mismos) una vigorosa crítica de la Iglesia, el Estado y la Ley, Y sobre todo de las leyes de propiedad actuales. Describe el Estado como dominación de los débiles, apoyada en la fuerza bruta. Los ladrones, dice, son mucho menos peligrosos que un gobierno bien organizado. Hace una penetrante crítica de los prejuicios en boga hoy respecto a los beneficios que Iglesia, Estado y la distribución actual de la propiedad confieren a los hombres y deduce de las doctrinas de Cristo el poder de la no resistencia y la condena absoluta de todas las guerras. Pero sus argumentos religiosos están tan admirablemente combinados con argumentos que proceden de una observación desapasionada de los males de hoy, que las partes anarquistas de su obra, hablan tanto para el lector religioso como para el que no lo es.

Resultaría imposible explicar aquí, en tan breve bosquejo, la penetración, por una parte, de las ideas anarquistas en la literatura moderna, y la influencia, por otra, que las ideas libertarias de los mejores escritores contemporáneos han ejercido en el desarrollo del anarquismo. Pueden consultarse los diez grandes volúmenes del Suplemento literario del periódico La Révolte y también el de Temps Nouveaux, en el que hay citas de las obras de centenares de autores modernos que exponen ideas anarquistas, para comprender hasta qué punto está estrechamente relacionado el anarquismo con todo el movimiento intelectual de nuestro tiempo. Liberty de J. S. Mill, Individual versus The State de Spencer, Morality without Obligation or Sanction de Jean Marie Guyau y La Morale, l'art, et la religion de Fouillée, las obras de Multatuli (E. Douwes Dekker), Arte y revolución de Ricardo Wagner, las obras de Nietzsche, Emerson, W. Lloyd Garrison, Thoreau, Alejandro Herzen, Edward Carpenter, etcétera; y en el campo de la literatura propiamente dicha, los dramas de Ibsen, la poesía de Walt Whitman, Guerra y Paz de Tolstoi, París y El trabajo de Zola, los últimos libros de Merezhkovsky, e infinidad de obras de autores menos conocidos, están llenas de ideas que muestran cuán estrechamente relacionado está el anarquismo con los quehaceres del pensamiento moderno que sigue la misma tendencia de liberar al hombre de las ataduras del Estado y del capitalismo.


Una opinión al respecto de Georges Fontenis:

Fue en el siglo XIX, cuando el capitalismo se desarrollaba y las primeras grandes luchas de la clase obrera tenían lugar -y para ser más precisos, fue en el seno de la Primera Internacional (1864-1871)- cuando apareció una doctrina social llamada "socialismo revolucionario" (en oposición al socialismo legalista, estatista o reformista). También era conocida como "socialismo anti-autoritario" o "colectivismo", y más tarde como "anarquismo", "comunismo anárquico" o "comunismo libertario".

Esta doctrina, o teoría, aparece como reacción de los trabajadores socialistas organizados. Está, en todo caso, ligada a una progresiva agudización de la lucha de clases. Es un producto histórico que se origina de ciertas condiciones en la historia, a raíz del desarrollo de la sociedad de clases- y no a través de la crítica idealista de unos cuantos pensadores específicos.

El rol de los fundadores de la doctrina, principalmente de Bakunin, fue expresar la verdadera aspiración de las masas, sus reacciones y experiencias, y no el crear artificialmente una teoría, confiando en un análisis puramente ideal y abstracto o en teorías anteriores. Bakunin- y con él James Guillaume, luego Kropotkin, Reclus, J. Grave, Malatesta y otros- comenzaron a mirar la situación de las asociaciones de obreros y los cuerpos de campesinos, y cómo se organizaban y luchaban.

Que el anarquismo se originó en la lucha de clases está fuera de toda duda.

¿Cómo es que entonces el anarquismo ha sido considerado con frecuencia como una filosofía, una moral o ética independiente de la lucha de clases, y así, como una forma de humanismo al margen de condiciones históricas y sociales?

Vemos muchas razones para esto. Por una parte, los primeros teóricos del anarquismo, a veces, buscaban confianza en la opinión de escritores, economistas e historiadores anteriores a ellos (especialmente en Proudhon, muchos de cuyos escritos expresan, sin lugar a dudas, ideas anarquistas).

Los teóricos que les seguían habían, incluso, encontrado en escritores como La Boëtie, Spencer, Godwin, Stirner, etc... ideas análogas al anarquismo ,- en el sentido que demostraban una oposición a toda forma de sociedades explotadoras y a los principios de dominación que encontraban en ellas. Pero las teorías de Godwin, Stirner, Tucker y el resto, son sólo simples observaciones sobre la sociedad- pero que no tomaban en cuenta ni la historia ni las fuerzas que la determinan, o las condiciones objetivas que plantea el problema de la Revolución.

Por otra parte, en todas las sociedades basadas en la explotación y la dominación siempre ha habido actos individuales o colectivos de rebelión, a veces con un contenido comunista o federalista, o bien, auténticamente democrático. Como resultado, a veces el anarquismo ha sido pensado como expresión de la eterna lucha del pueblo hacia la libertad y la justicia- una idea vaga, insuficientemente arraigada en la sociología o en la historia, y que torna al anarquismo en un humanismo vago, basado en nociones abstractas de "humanidad" y "libertad". Los historiadores burgueses del movimiento obrero siempre se encuentran prestos a mezclar el comunismo libertario con teorías individualistas e idealistas, y son, en gran medida, responsables de esta confusión. Ellos son quienes han intentado enlazar a Stirner con Bakunin.

Por el olvido de las condiciones de nacimiento del anarquismo éste ha sido a veces reducido a una suerte de ultraliberalismo y despojado de su carácter materialista, histórico y revolucionario.

De cualquier modo, incluso si las revueltas previas al siglo XIX y las ideas de ciertos pensadores sobre la relación entre los individuos y los grupos humanos prepararon el camino al anarquismo, no había ningún anarquismo o doctrina tal, hasta Bakunin.

Los trabajos de Godwin, por ejemplo, expresan la existencia de una sociedad de clases muy bien, aunque sea de una forma un tanto confusa e idealista. Y la alienación del individuo por el grupo, la familia, la religión, el Estado, la moral, etc... que es, ciertamente, de naturaleza social, es expresión de una sociedad dividida en clases o castas.

Puede decirse que las actitudes, ideas y formas de actuar de la gente que podríamos llamar rebeldes, no conformistas o anarquistas en el vago sentido del término, siempre han existido. Pero la formulación coherente de la teoría comunista anárquica data hacia fines del siglo XIX y continúa cada día.

Así es que el anarquismo no puede ser asimilado como una filosofía o como una ética abstracta e individualista: nació dentro de lo social.

Ya que el anarquismo no es una filosofía o ética abstracta, no puede estar arraigado en la persona abstracta. Para el anarquismo no existe el ser humano aislado dentro de nuestras sociedades: está la persona explotada de las clases desposeídas y está la persona de los grupos privilegiados, de la clase dominante. Hablar de la persona es caer en el error o sofisma de los liberales cuando hablan del ciudadano sin considerar la condición social o económica de los ciudadanos. Y hablar de la persona en general, a la vez que negando el hecho de que existen clases y de que existe la lucha de clases, mientras nos autocomplacemos en vacías declaraciones retóricas sobre Libertad y Justicia- en un sentido general y con mayúsculas- es aceptar que todos los filósofos burgueses que se muestran como liberales, pero que son de hecho conservadores o reaccionarios, infiltren el anarquismo, para pervertirlo en un humanitarismo vago, para castrar la doctrina, su origen y sus militantes. Hubo una época, y para ser honestos, éste es aún el caso entre determinados grupos en ciertos países, que el anarquismo degeneró en este sentido.

Debemos reaccionar en contra de esto. Es a los expoliados, los explotados, el proletariado, los obreros y campesinos, que el anarquismo en tanto doctrina social y método revolucionario, habla- pues sólo la clase explotada, como fuerza social, puede hacer la revolución.

¿Nos referimos con esto a que la clase trabajadora constituye una clase mesiánica, que los trabajadores tienen una providencial clarividencia, todo virtud y ningún defecto? Esto sería caer en la idolatría al obrero, en una nueva forma de metafísica.

Pero la clase que es explotada, alienada, gobernada y defraudada, el proletariado, la masa de individuos cuya única función en la producción y en el orden político es recibir órdenes y verse despojados de todo control- sólo ésta clase puede derrocar al poder y a la explotación, dada su posición económica y social.

La clase proletaria es, por consiguiente, la clase revolucionaria por sobre todas, pues es quien puede implementar una revolución social y no sólo política- al liberarse a sí, libera a toda la Humanidad; al romper con el poder de la clase privilegiada, produce la abolición de las clases.

Ciertamente, no existen barreras precisas entre las clases. Es durante varios episodios en la lucha de clases que esta división ocurre. No hay divisiones precisas, pero hay dos polos- proletariado y burguesía (capitalistas, burócratas, etc...); las clases medias se fraccionan en períodos de crisis y se mueven hacia un polo u otro; son incapaces de proponer una solución por sí mismas, pues carecen tanto de las características revolucionarias del proletariado, como del control de la sociedad contemporánea que tiene la burguesía propiamente tal. En las huelgas, por ejemplo, puede verse una sección de los técnicos (especialmente aquellos que son especialistas, aquellos de los departamentos de investigaciones, por ejemplo) unirse a la clase obrera, mientras que otra sección (técnicos de altas posiciones en la planta y la mayoría de los supervisores) se aleja de la clase obrera, al menos por un tiempo. La práctica de los sindicatos siempre ha confiado en la prueba y el error, en el pragmatismo, sindicalizando ciertos sectores y no otros, de acuerdo al rol y ocupación.

No es cuestión de caer en una mística proletaria, sino que la apreciación de este hecho específico: el proletariado es el único creador real de la revolución.

Como lo expresaba Bakunin: "comprendan que dado que el proletariado, el trabajador común, es el representante histórico del último sistema de esclavitud en la Tierra, su emancipación es la emancipación de todos, su triunfo el triunfo final de la Humanidad..."

Ciertamente ocurre que gentes pertenecientes a los grupos sociales privilegiados, quiebran con su clase, y con su ideología y con sus ventajas, y se adhieren al anarquismo. Su contribución es considerable, pero en cierto sentido ésta gente se convierte en proletarios.

Para Bakunin nuevamente, los socialistas revolucionarios, estos son los anarquistas, se dirigen a "las clases laboriosas tanto en la ciudad como en el campo, incluyendo a todo aquel de buena voluntad de las clases superiores que, haciendo un claro quiebre con su pasado, se les una sin reservas y aceptando por completo su programa".

Pero a raíz de esto, no puede decirse que el anarquismo hable a la persona en abstracto, a la persona en general, sin considerar su status social.

Concluimos: el Anarquismo no es una filosofía del individuo o del ser humano en un sentido general. Anarquismo es, si se quiere, una filosofía o ética, pero en un sentido muy específico, muy concreto. Es tal por los deseos que representa, por las metas que fija: como dice Bakunin- "su triunfo (del proletariado) es el triunfo final de la Humanidad..."

El anarquismo es una doctrina de revolución social la cual se dirige al proletariado, cuyos deseos representa, cuya verdadera ideología demuestra- una ideología de la cual el proletariado se concientiza mediante sus propias experiencias.
No hay ninguna entrada.
No hay ninguna entrada.